Ir en Madrid de cañas es todo una arte del que todos nos sentimos partícipes. Es un plan inmediato y con altas posibilidades de éxito pero hay veces, por complicado que parezca no es así.
Existen ciertos sitios a los que nunca se debería ir con más expectativas que la de tomarse una coca cola o en su defecto un zumito de tomate (y cuidadito si te lo preparan).

Uno de ellos es la cadena “Cañas y Tapas” que pese a su esfuerzo decorativo y ambiental de franquicia para recrear una taberna con “solera” se queda a medio gas y eso en el caso de la cerveza, porque lo de las tapas es cosa a parte.

Si llegas y pides una caña te llevas la primera decepción. Está mal tirada. ¿Cómo puede ser que en un lugar en el que el 50% del nombre es “cañas” la tiren mal?. Pero aquí viene la segunda mitad que falta, la que nos completa el 100% del tan pensado nombre de local: las tapas. Así para empezar, la tapa tienes que lucharla como en un combate en una cárcel panameña. En principio su slogan rezaba: “Cada caña con su tapa” a lo que yo le añadiría “Cada caña con su tapa si se la pides 15 veces al camarero y le caes en gracia”. Si lo consigues y tienes la fortuna de poder picar algo mientras tragas una cerveza tan floja como un canasto de plumas, no aspires a mucho más que a una loncha de chorizo de cuarta sobre un trozo de pan seco (que serviría para calzar una mesa de forja), una alita de pollo fría (algunas llevan sorpresa y plumas) o en su defecto, y este es el premio gordo, una pequeña cazuelita –aparentemente mona a la vista- en la que suele ir huevo roto con patatas. Pues bien, las patatas no están suficientemente fritas, pero el huevo (cómo se puede destrozar así un ingrediente tan básico e importante de nuestra gastronomía) ¡¡¡tiene moco!!!! Por favor, que en vez de comértelo te dan ganas de pedir un kleenex. Este apunte sobre tan exquisita tapa es extensible y aplicable a su versión de ración en la carta, pero ese es otro tema al que dedicaré un post entero porque tiene tela, es toda una experiencia sentarse a comer a la carta. Empezando por las sillas que deben de tener el mismo modelo ergonómico que la que tenía Ana Frank en su casa mientras escribía su diario.

En definitiva que este establecimiento solo tiene excusa bajo escogidísimos supuestos como: “tengo que hacer tiempo porque he quedado y llegan tarde”, “me encuentro mal y necesito sentarme y tomar algo que me suba la tensión” o “el resto de los bares en un perímetro de 2 km a la redonda están sospechosamente cerrados y solo hay ratas y cucarachas en las calles como únicos supervivientes”.
Pues nada, ya me he quedado a gusto y para celebrarlo me voy a tomar una caña.

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